Sin sangre
Olga Harmony
E
n corta temporada que se prolongará en 2011, y con el apoyo de importantes instituciones culturales, se presenta la adaptación que hicieron José Caballero y Silvia Ortega Vettoretti de la novela corta Sin sangre del escritor italiano Alessandro Baricco, con dirección de ambos adaptadores y en traducción de Caballero. El texto original da nombres en español a los protagonistas del relato lo que, según palabras del traductor en el programa de mano, podría ser una inconsciente –o no tanto, añado yo– manera del autor de referirse a las crueldades habidas en muchos lugares de Iberoamérica, con un generoso llamado a hacer las paces con el pasado. En versión también teatral chilena, Sin sangre se presentó en un festival de Buenos Aires e ignoro las reacciones de los públicos de ambos países, pero deben haber sido muy encontradas ya que los sectores más progresistas de los países sudamericanos que sufrieron crueles dictaduras se han resistido a las leyes de perdón y olvido, con heridas que sólo cicatrizarán cuando sean enjuiciados los verdugos –sin sangre pero con justicia–, lo que sigue dividiendo a sus sociedades. Lo mismo ocurre con España y la persecución al juez Baltasar Garzón por poner en el banquillo de los acusados a los criminales franquistas lo demuestra, por lo que lo que asimilen los espectadores dependerá del contexto, la información que tengan e incluso su tendencia ideológica como ocurre con todas las historias que sustentan alguna tesis social o política.
Bienvenida, pues, una escenificación que puede llevar a debates aun entre nosotros los mexicanos. Tanto José Caballero como Silvia Ortega Vettoretti optan por el teatro narrado, ya sea que lo cuenten los dos protagonistas o los cuatro narradores que intervienen, a partir de la llegada de la mujer hasta el tenderete del viejo, desde el presente que se extiende hasta el final del montaje, con retrospectivas escenificadas por actores que encarnan a los narradores y con apoyo de videos de Armando Zafra, entre los que destaca el reiterado de la granja de Manuel Roca en donde se inicia la serie de venganzas y con hincapié en un caracol, quizás metáfora del devenir de los años o la lentitud de los tiempos de venganza. La trama se hila de tal modo que poco a poco se adivinan las identidades verdaderas y antaño antagónicas de la mujer, que es Nina y del viejo que resulta ser Pedro Cantos y el papel que jugaron en el antiguo drama, aunque las posibilidades de un añoso amor y el final de la historia se antojen más soluciones de autor para reforzar una tesis que hechos verosímiles, pero eso sería culpa de Baricco y no de los adaptadores que hicieron un trabajo muy encomiable.
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